No hay un estilo correcto, hay una quinceañera que se parece a sí misma.
Cada quinceañera llega a sus XV años con una idea distinta de cómo quiere verse.
Hay quien la tiene clara desde los diez años, con vestido y peinado incluidos, y hay quien todavía no sabe si quiere vestido. Las dos están bien.
Una sesión de fotos de XV años no tiene que parecerse a la de nadie más, y tampoco a la que salió en redes la semana pasada.
No hay una sola forma de vivir los XV años
Durante mucho tiempo los XV años parecían tener un solo guion.
Hoy hay quinceañeras que lo siguen con todo gusto, y otras que lo cambian por completo. Elegir lo tradicional no es menos personal que elegir algo distinto, y elegir algo distinto no es menos especial que la tradición.
Lo único que importa es que la elección sea de ella.
Por eso, cuando una familia me escribe para una sesión de XV años, lo primero que pregunto no es dónde, sino quién: qué le gusta, dónde se siente cómoda, cómo es cuando nadie le pide que sonría.
Tres sesiones, tres quinceañeras
A Sofía lo que más le gusta es cabalgar. Su sesión de XV años fue en el campo, entre caballos, con un vestido floral, sombrero vaquero y un rato en jeans recargada en la cerca.
No había salón ni vals en esas fotos, y no hacía falta: era ella en el lugar donde se siente libre.
Dos amigas quisieron lo contrario, y tenían toda la razón. Se pusieron sus vestidos de gala, su corona, y tuvieron en una hacienda las fotos tradicionales que tantas veces se imaginaron.
No eran modelos. Eran dos quinceañeras viviendo exactamente los XV años que querían.
Y en el estudio, Renata vivió algo parecido a un día de modelo: luces, fondo, dos vestidos y alguien guiándola paso a paso.
Llevó su balón de voleibol y un oso de peluche, y esas fotos terminaron entre las favoritas de la galería, porque ahí se le ve tal como es.
Son tres estilos que no se parecen en nada. Y en los tres, lo primero que se ve es a la quinceañera.
Para la invitación, para la fiesta y para ella.
Las fotos de XV años tienen muchos lugares a donde ir. Una termina en la invitación que llega a casa de los abuelos y se queda pegada en el refrigerador.
Otras se convierten en el panel de la entrada, lo primero que ven los invitados al llegar a la fiesta.
Pero hay un lugar más importante que esos dos, y es el que menos se piensa al principio: el día, años después, en que ella vuelva a ver esas fotos. Ahí ya no importa si fue en el campo, en una hacienda o en un estudio.
Importa reconocerse.
Lo mejor de la sesión es lo que no se planea. Sin importar el estilo, lo que más busco en una sesión de XV años es lo espontáneo.
La guío para que nunca se quede sin saber qué hacer frente a la cámara, pero las fotos que más valen suelen salir entre una indicación y otra: la risa cuando algo sale mal, la mirada rápida a su mamá, el gesto que hace sin darse cuenta.
Ahí se cuenta quién es ella en esta etapa, y eso es lo mejor de toda la sesión.
Dentro de unos años va a cambiar de peinado, de gustos, de manera de vestirse y hasta de manera de reírse. Las fotos le van a devolver cómo era justo a los quince, con todo lo fresco que tiene esa edad. Eso ya nadie se lo quita.
Mira los tres estilos, si quieres ver cómo se vive cada una de estas sesiones de XV años, aquí están las tres galerías:
Sesión de XV años campestre con caballos
La quinceañera tradicional en hacienda
Sesión de XV años en estudio
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